Mi corazón al vuelo

En círculos, ciega y torpe, ronda la vida alrededor mío, la miro apenas de reojo, como no queriendo ver mas de lo que me hace falta.  Ya vi, con los ojos muy abiertos, trampas, ciudades, abrazos como encrucijadas, ríos de leche y vino tinto, colinas de almendros y de rosas. He visto, sin quedarme nunca, casi todo y he pasado de largo por la suave tentación de quedarme para siempre en la quietud inalterable de la certidumbre, he saltado al vacío cada día con las alas rotas y la venda que repara todo cubriendo la mirada, ha saltado mi corazón al vuelo.


María paloma

El beso        Gustave Klimt

Desposeída, brillante, morena y relumbrosa, olorosa a agua de colonia y pan de vieja, María borda sueños y amapolas, amores y cariños, flores encendidas que nunca se marchitan. Es la pequeña casa que la habita, unas paredes de adobe agrietadas  por el tiempo, un horno encendido y  alimentado por el suave pan, que su madre vende, un suelo apisonado y fresco del olor a tierra mojada, unas cortinas floreadas en verdes y naranja, en lugar de puertas y ventanas, una pobreza que se huele confundida con el  tibio aroma del pan.  María entreteje listones y sueños tan largos como sus trenzas, no camina, vuela, porque la parálisis de sus piernas la mantiene a rastras, vuela bajito, y mientras, borda corazones y pensamientos, cintas y palomas, promesas de amor sin destino, palabras de hilaza y poesía, tiñe de rojo ansia,  las rosas seductoras de su pasión.  En ese mundo, entre orlas de encajes y bolillos, que se parecen al mar que no conoce, espera, sin esperar, espera.  Hoy es domingo primero de septiembre,  María está enamorada.  Miguel llega a buscarla y en su triciclo, improvisa un diván con las almohadas que ha bordado María, la eleva en sus brazos como a una novia, le acomoda las piernas necias, la besa, la lleva a pasear, cuesta abajo la calle polvorienta, minada de pedruscos, que hacen del viaje un sube y baja.  Marías se arrellana, como una princesa y ríe, el barrio enmudece, María vuela.


Candil naranja

A veces a uno le da por envejecer, de pronto, te sientas en la banca de un parque y te miras los pies, los sientes cansados, un poco abotagados, te miras las palmas de las manos y las heridas han cicatrizado, solo puedes apreciar unas líneas blanquecinas que se bifurcan y se entrelazan a la vez, y quedan suspendidas en un punto, como un camino sin terminar.  Puedes sentir el peso sobre los hombros, que se proyecta hacia abajo, implacable como el desencanto, y te convierte en otra estructura, en una columna de cansancio que puede parecer mas sólida y mas fuerte.  A veces, uno cree que ya vivió, que el juego ha terminado. Uno lo cree desde esa banca, y se va llenando de conformidad, de esa gris conformidad que nos hace parecer buenas personas, calmas, plenas.  Todavía no he decidido sentarme en esa banca, pero igual, he sentido cada una de las últimas mañanas, como me van cercando sus demonios;  los endebles cimientos de mi pasión se tambalean, tiemblan por un instante, pero, algo muy fuerte todavía, me obliga a estar de pié; son las ganas empedernidas por la vida que hierve, las que me aferran como pueden al sendero.  Mis ganas, esas encabronadas ansias de correr, de volar, de sentir, de arder en una hoguera, las que me levantan del piso y me sostienen en vilo, encendida como un candil naranja, de papel de china, tan iluminada como frágil e incierta.  Lo sé, el día que me siente en esa banca habré perdido; mis manos caerán, como palomas muertas sobre mi falda.  Dejaré que los grises demonios me derrumben y una tenaz enredadera de amargura me aprisione.  Ese día será, cuando llegue el desencanto.  Pero ahora, me apetece una copa mas de vino, un beso multiplicado en la humedad, una caricia,  una canción para bailar y un sueño.


Si no fuera

Hoy no toca terapia, hoy no es día de gimnasio, de trabajo o escuela, hoy no hay que correr de un lado a otro por el río de gente, no hay que subir y bajar mil veces escaleras, nadie me espera, hoy es sábado común, como cualquiera, sábado sin prisa y sin adonde, no hay fiesta ni vinos, ni alegría, ni cervezas y es tan difícil esto de conectar la mente a la vida diaria, de enlazar los cinco sentidos al televisor y dejarse llevar a un viaje dulcemente plastificado, caer en su remolino de vacío tiempo vacío y no escuchar sino las voces que hablan sin sentido, hoy podría salir como fantasma, por la noche, ver bares y luces, aspirar el humo de cigarros que cuelgan de los dedos como telarañas, ver gente que se sostiene de pié,  podría caminar por calles desiertas y escuchar a los perros que me ladran, lo mismo que a la luna, porque no me conocen y no saben que no asusto.  Hoy podría llegar a un cine, si no fuera por la soledad que se siente cuando tienes que comprar una sola entrada.  Hoy no quisiera estar aquí, sola, tan sola por dentro, y tan vacía, tan hambrienta, tan llena de trampas, de fantasmas, de silencio, de horrores de consciencia  y de sueños que, casi siempre se convierten en pesadillas.  Hoy aceptaría cualquier invitación, a borrachera o juerga, a juego de barajas, dominó o ruleta rusa, hoy podría, si no fuera porque duermo dos metros bajo tierra.


Parecía que sonreía

-Ya no llores, amá, déjalo, ya se murió, ya déjalo. –

-No, no está muerto, no! no se puede morir, no se debe morir. –

-Ya amá, se murió, ni modo, déjalo, está muerto, qué no ves que no respira? –

-Tu, que no ves que está respirando? si parece que se ríe conmigo.-

-Parece, amá, pero no, está bien muerto, no se ríe contigo, no respira, déjalo, ya lo van a enterrar, deja que lo entierren.

De golpe, dejó de llorar.  Aquel lamento que había durado tres días y tres noches cesó, dió paso al silencio y en silencio regresó a casa, seguida por la sombra de su hija, arrastrando los pies sobre el abismo de los charcos, la frente en alto, pero la mirada baja.  No se quedó a mirar, como bajaban el ataúd dos metros adentro de la tierra húmeda, como lanzaban la tierra, a paladas apresuradas, porque el intenso aguacero no paraba de llorar.  Ella no lloró mas, ni volvió a decir una sola palabra en los diez años que le faltaban por vivir; sólo miraba a lo lejos, parecía que respiraba y, a veces, parecía que sonreía.


De noche vemos

Como los gatos, vemos de noche; lo que el día oculta con su resplandor, de noche surge nítido, rotundo y absoluto, como una sentencia inapelable, como un destino.  Aunque también, de noche vemos los sueños, los construímos a contraluz de la luna, y los tocamos con la piel, con las manos,  hacemos un barquito de papel de sueño leve y lo dejamos ir, navegar río abajo, sin saber, ni importar a donde va a parar. O bien, de noche, tejemos un precioso manto de sentimientos, ilusiones, y quimeras, y nos cubrimos con el, para esperar el amanecer, que quizás sea frío, a la orilla del mar.


Y reír

Hay días que los destapas como una botella de vino, alegres y rojos, afrutados y suaves, días que llegan cuando menos los esperas y no paran de reír y de bailar, redondos y perfectos, por donde quiera que los mires; son como ebrios gozosos y juguetones, con los que uno quiere pasar la borrachera hasta que llegue la noche y se vayan como llegaron, satisfechos y felices.  En esos días quiero quedarme, aunque conozca de sus trucos y artilugios, aunque sepa de antemano sus artimañas para no quedarse, para escapar  por la ventana al anochecer, sin decir adiós, sin saber, si de nuevo amanecerá ese mismo sol, embaucador y contagioso.  Hoy, por ejemplo, no quisiera pasar las horas, destapando cajitas de realidades, deshaciendo sus moños descoloridos y marchitos.  Hoy me apetece una botella de buen vino y reír sin que anochezca.