Parecía que sonreía

-Ya no llores, amá, déjalo, ya se murió, ya déjalo. –

-No, no está muerto, no! no se puede morir, no se debe morir. –

-Ya amá, se murió, ni modo, déjalo, está muerto, qué no ves que no respira? –

-Tu, que no ves que está respirando? si parece que se ríe conmigo.-

-Parece, amá, pero no, está bien muerto, no se ríe contigo, no respira, déjalo, ya lo van a enterrar, deja que lo entierren.

De golpe, dejó de llorar.  Aquel lamento que había durado tres días y tres noches cesó, dió paso al silencio y en silencio regresó a casa, seguida por la sombra de su hija, arrastrando los pies sobre el abismo de los charcos, la frente en alto, pero la mirada baja.  No se quedó a mirar, como bajaban el ataúd dos metros adentro de la tierra húmeda, como lanzaban la tierra, a paladas apresuradas, porque el intenso aguacero no paraba de llorar.  Ella no lloró mas, ni volvió a decir una sola palabra en los diez años que le faltaban por vivir; sólo miraba a lo lejos, parecía que respiraba y, a veces, parecía que sonreía.