Sueño para después de matar al perro

No hubo un solo gesto, un movimiento del cuerpo, que denunciara dolor o sobresalto.  Nada mas podía pasar; ese día la tensión había llegado al límite, y en el único grito del revólver se disolvió.  El silencio se impuso al ruido de la mañana; pesaba mas que el rumor de los árboles y de los pájaros, pesaba aún mas que el lejano ruido de camiones y de gente.  Por algún tiempo permaneció en cuclillas, junto al cuerpo del perro, no lo tocó, porque sabía que su tibieza podría resquebrajar la firmeza de su acto. Miraba solamente el hilo de sangre, que crecía sobre los adoquines, húmedos ya por la llovizna nocturna.  Miraba el pelaje dorado que se movía suavemente con el viento.  Miraba, sólo miraba, sin ver, sin una lágrima, sin un pensamiento.  Fué el timbre del teléfono, que, distante, rompió la mañana que empezaba a alargarse al infinito, lo escuchó una, dos, seis veces.  Se levantó lentamente y estiró sus brazos y sus piernas, como si acabara de despertar y recogió el arma, para luego, entrar a la casa.  Con los ojos aún acostumbrados a la luz del día, trató de ubicarse en la penumbra interior; era la casa sombría de siempre, pero hoy lo parecía aún mas.  Arrastró los pasos hacia el baño, dejó el revólver encima de la cómoda y se miró al espejo; una vez mas se encontró ante un túnel que repetía su extrañeza hasta el fondo de un abismo.  Aturdida, se mojo la cara y talló sus ojos.  Volvió a mirarse, ahora, en una sola imagen aburrida o triste.  De nuevo indiferente, se dió la vuelta y cayó de bruces sobre la cama revuelta.  Así quedó, extenuada, vencida, hasta que el sueño la apagó.  La idea de una embarcación tomó forma; era una barco grande, repleto de hombres mujeres y niños, que llegaba al muelle de una isla.  todos trataban de bajar, ella se veía, desde muy alto, intentando alcanzar la madera del muelle.  El tumulto se apresuraba a llegar a una especie de templo improvisado, bajo un techo de láminas y lona.  Adentro estaba lleno de gente que esperaba de pié.  De lejos, como del campo, venía mas gente, a pié, a caballo, todos a reunirse en este templo donde ocurriría algo.  La expectación aumentaba y en el ánimo de todos parecía crecer la esperanza de un milagro.  Entonces hubo que traer nubes hasta abajo del toldo.  Con las lonas que hacían de paredes, se aventaban hacia adentro pequeños trozos blancos, tenues, casi transparentes, leves como algodón de azúcar.  La gente de a caballo las traía con sus manos y las llevaba dentro.  Alguien dijo _A esa niña ciega pónganle una nube en la cara._   Entonces ocurrió: un trueno, un remolino y la lluvia suave y fresca que inundó a todos de alegría.  Parecía que eso era lo esperado.  Todos salieron del templo, ella gozaba viendo en las caras la euforia hecha paz.  Sin embargo, ella buscaba algo mas, el milagro de todos los milagros,  no sabía que, pero esperaba algo.  A su lado escuchó a la niña ciega que gritaba_ casi puedo ver, estoy viendo!_, pero a nadie le importaba, todos sonreían y se marchaban, -¡Miren!_ gritaba ella, _ la niña ve_ Nadie escuchaba, se iban.  Como la nube en el rostro de la niña, el sueño se deshizo.  No quiso saber si la humedad de la almohada era  sudor o lágrimas, sólo supo que era una humedad salada, como debe ser el sabor que queda después del naufragio.

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