Amigo imaginario

Tengo un amigo imaginario, a veces llega, y con sus dedos de humo me toca la nariz: Sonríe, no estés triste, me dice, con su voz se cordillera.  Tengo un amigo fuego fatuo, una quimera, que por las noches, en esas horas gastadas en las que nadie llega, viene y se sienta en mi cama, me cuenta historias increíbles, proezas de héroes legendarios, de demonios, cuentos de muñecas enfermas.  Yo le cuento mis angeles que huyen, mis comidas, mis perlas, mi alegría cuando llega, las mas de las veces, mi miedo y mi tristeza, porqué es entonces cuando viene, cuando hace falta, cuando esa pared azul gris me envuelve con su frío y me contagia con sus grietas.  Firmamos tratados para burlar a la muerte, para levantarnos uno al otro, si caemos, sellamos pactos de sangre para arrancarnos los falsos demonios, que a veces nos arrastran.  Existimos en la fragilidad del cristal y de las telarañas y no necesitamos pruebas de nuestra existencia; sólo estamos aquí, esperando la madrugada, a veces tomando café, vigilando sigilosos que no asomen a la ventana ni la muerte, ni los falsos demonios de paja.  A veces jugamos trampas de azar y de cordura , juegos de espera, de serenidad paciente. A veces llega la calma y cada uno puede marcharse a dormir las horas que dan paso a la madrugada, a veces soñamos y en los sueños las manos ya no son humo y los falsos demonios no vienen. La muerte también espera.

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Afuera

Afuera

la noche crece

inmensa

temblorosa y fría

mientras

dentro

yo me revuelco entre sábanas rotas

que exigen acariciar tu piel

Estás tan lejos

como la realidad que nos espera a la vuelta de la esquina

y empiezas a dolerme en la garganta seca

en los labios que no pueden besarte

en mis manos tan quietas

sin tus manos

Me haces falta

y te espero.


Tu letra

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Conozco tu letra, la que usas para mi; impresa, cursiva, intercalada de signos y números, de paréntesis con significados dentro, curvas, puntos, espacios vacíos, esquinas afiladas o rotas, caídas, entrelíneas, y líneas entrecortadas, como un código morse, tachonaduras, lenguajes cifrados, en un juego de números binarios infinito.  Conozco esa letra con la que has enviado tus mensajes y tus cartas, los que siempre he recibido y, de alguna forma, amo esa letra, aunque sea fea, garabateada, escrita a prisa sobre cualquier papel o superficie.  Ese es el código que se descifrar; no lo cambies, esa caligrafía que diriges a mi, déjala correr libre; no te esfuerces con ejercicios y correcciones que desconozco y me provocan miedo.  Fuera de aquí, de nuestro ámbito epistolar, escribe como quieras, ensaya, corrige, traduce, da igual, no leeré esas cartas.