Cardos y correhuela
Oleo Cardos atacameños de Margarita González, Chile.
Sólo un filo de la verdad basta, para arrancar sueños e ilusiones, que recién brotan como maleza, por eso, aquella tarde que parecía despuntar alegre, ella decidió quitar de un tirón el vendaje percudido que cubría sus ojos y apagaba la razón. Uno a uno fueron saliendo los incipientes brotes de la tierra. Y si, dolía cada tirón como una bofetada. Debía ser bueno aquel diluvio, del mas reciente naufragio de su balsa; de una vez por todas entendía que uno duerme donde quiere, entre muchas posibilidades, uno elige la cama, la sábana que ha de envolver el sueño y humedecerse a veces con el amor, a veces con el llanto. Uno escoge la llave, la puerta, la ventana para mirar la luna. Cada quien reconoce el vino y el pan que prefiere para la cena y elige la mesa y su madera. En todo esto no somos inocentes; hacemos cuentas y trampas, calculamos, dejamos correr la blanda vida. No hay culpables tampoco, ni víctima o verdugo, nos dejamos querer, atar al cuello dogales de seda en un hermoso juego, donde, si ganas, tienes seguro el cielo de la tranquilidad. Todo es cuestión de dejarse llevar, suavemente y no permitir que la maleza de la ilusión invada nuestro jardín. Fué por eso que, en una hora empacó su ropa, sus libros mas queridos, dos o tres fotografías, después, retocó su maquillaje desvaído y sonrió: Aún es hora de llegar a tiempo, el tren sale a las diez.

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