Erase un reyezuelo

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En un país muy cercano, vivió una vez un reyezuelo.  No era rey, en realidad se había fabricado una corona de hojalata oxidada y se la había puesto sobre su pequeña cabeza; demasiado grande para él.  Había fundado su reino en un desierto luminoso de arena y mar, ribeteado por antiguos bosques.  El pequeño monarca quería que cada árbol, cada piedra, cada grano de arena tuviera el escudo de armas, que su familia había inventado, para parecer real.  También tenía el afán obsesivo de cambiar las cosas, las ciudades, los ríos y las aguas del mar de su sitio original, por gusto, tal vez algún capricho insatisfecho en su aburrida niñez de niño malcriado, entre gente petulante y ociosa.  Por eso, se sentaba en la alta silla que le brindaba la estatura que no tenía y desde lo alto ordenaba:  Ese río, me lo ponen dos metros al norte, ese montículo de piedras le estorba a mi caballo, háganlo a un lado.  No me gusta el azul que tiene ese cielo, me lo pintan de rojo, con qué? con lo que puedan, con sangre si es preciso, no lo quiero mas azul.  Daba órdenes a diestra y siniestra y era obedecido por zurdos y derechos, por ciegos y videntes; sin mas razón que la que le daba su capricho, ordenaba y se cumplía su mandato, por absurdo e infantil que pareciera. Una mañana despertó con el antojo de arrancar arbolitos, árboles adultos, hierba.  Quiso remover extensiones de pasto, nidos de gorrión, madrigueras de ardillas, porqué si, porque se sintió inspirado y dió la orden, con su voz chillona y destemplada.  Al instante, sus ejércitos de enanos corrieron a obedecerlo; con gran placer empuñaron las palas, los picos, regaron herbicidas para tronchar la vida de los dientes de león, de los pastos que antes eran refugio de insectos y lagartijas.  Pero algo pasó, cómo un regalo que le enviaron los dioses, como recompensa por sus acciones, por cada árbol que derribó,  le nació un hijo, por cada pájaro que dejó sin nido, le nació una hija, por cada ardilla que murió lejos de su refugio, mellizos.  Fué tal el grado de la deforestación, que tuvo que formar un reino aparte, con sus propios hijos, que eran cientos de miles, ya que no había suficiente alimento en el territorio devastado, para que pudieran subsistir. Se vieron obligados, el reyezuelo y su enorme y voraz familia, a emigrar en busca de otras tierras, que pudieran ser arrasadas por el gran apetito de su reino.  Pero no había lugar, ni río, ni mares que pudieran saciarlos.  Muy pronto su estirpe se fué haciendo menos numerosa, enfermaban, caían fulminados por el hambre, igual que habían caído ardillas y palomas.  No pasaron cien años para que su clan desapareciera de la faz de la tierra, sólo veinte años exactos.  Ahora empieza a brotar la hierba de nuevo, poco a poco, ha regresado la lluvia y los ríos corren en incipientes cauces.  Tal vez, dentro de algunos años, regresen los bosques y sus animales a poblar las cumbres. Quizá mañana, otros niños jueguen en los parques y puedan dar alimento a las palomas y a las ardillas, de sus manos, y el mar, ese hermoso gigante, haga volar su cabellera azul y verde con la brisa.

 reyezuelo.

diminutivo de rey 

1. m. Pájaro común en Europa, de nueve a diez centímetros de longitud, con las alas cortas y redondeadas y plumaje vistoso por la variedad de sus colores.

~ por miriadas en 15 Marzo 2008.

3 comentarios to “Erase un reyezuelo”

  1. Que triste es que existan tantos “reyezuelos”…

  2. Es muy triste pero de la rabia y la indignación siempre surge la esperanza.

    Un abrazo

  3. Bastante interesante el cuento.
    sobre todo porque es buen tiempo de escribir cuentos para niños y niños que rompan un poco el esquema tradicional, cuento como éste que den lugar a que los niños y niñas imaginen un futuro de hombres y de mujeres solidarios y libres de reyezuelos, princezuelas, reinotas y demas fauna,,

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